ADULTEZ MAYOR: "UN
RETO DEL SIGLO XXI"
Los cambios en el
desarrollo cognoscitivo y emocional a lo largo de toda la vida expresan la
diversidad del carácter individual de lo psíquico y el envejecimiento no escapa
a esta condición. Cada persona como protagonista de su historia de vida,
dispone de recursos con los cuales autodirige y participa en su propio
desarrollo; pero el envejecimiento es también una creación y un fenómeno
sociocultural, la determinación social atraviesa lo individualidad donde es
reelaborada al tomar un sentido personal, convirtiéndose entonces en factor de
desarrollo.
La llamada “Tercera
Edad” conocida también con los términos de vejez, adultez mayor o tardía, ha
sido poco estudiada por los teóricos del desarrollo y como tendencia se
presenta como etapa de involución, determinada por pérdidas o trastornos de los
sistemas sensorio-motrices y no como una auténtica etapa del desarrollo humano.
Este período etáreo
se ubica alrededor de los 60 años, asociado al evento de la jubilación laboral;
y ya hoy comienza a hablarse de una llamada cuarta edad para referirse a las
personas que pasan de los 80 años. Por ello aparecen expresiones acerca de los
“viejos jóvenes” o “adultos mayores de las primeras décadas”, y de los “viejos
viejos” o “ancianos añosos” para marcar diferencias entre ambos grupos. En el
presente artículo se abordará como una sola etapa: la del adulto mayor, los
ancianos o la Tercera Edad.
La sociedad actual no
dispone todavía de una cultura de la vejez, lo que hace que en muchos contextos
culturales el adulto mayor no sea bien valorado, y sea considerado como alguien
que llega a su fin y no como alguien que tiene el mérito de haber recorrido un
largo camino.
Esta situación se
refleja en el llamado modelo del viejismo y el paradigma del cuerpo joven,
imperando por un lado el desarrollo de la vida en términos de comienzo,
plenitud y decadencia y por la otra, la preferencia por el cuerpo joven,
excesivamente delgado y muy lejos de todo lo que pueda ser arrugas y defectos.
Cuántas veces escuchamos la frase “que malo es llegar a viejo”, sin embargo, la
aspiración de una larga vida es el deseo de todo ser humano, independientemente
de la época y la cultura. (Fong, 2006).
En los países primer
mundistas se han realizado diversas investigaciones acerca de esta etapa y el
mejoramiento de la calidad de vida de la misma, debido al aumento de la
esperanza de vida y gran descenso en las tasas de natalidad experimentados en
los últimos años, ya que estadísticamente la tradicional pirámide poblacional
se está invirtiendo, de tal manera que en la actualidad prevalecen más las
personas mayores que los niños y jóvenes, lo cual va indicando que la población
está envejeciendo a un ritmo acelerado (Fernández-Ballesteros, Moya, Iñiguez y
Zamarrón, 1999). Al respecto, en países europeos como España, Grecia, Portugal
e Italia se aprecia desde la década de 1970 un aumento acelerado del proceso de
envejecimiento y además, se suman las regiones de Asia y el Pacífico como las
zonas más envejecidas.
La región de América
Latina y el Caribe tampoco está exenta de este proceso de envejecimiento
mundial, sobre todo en los últimos 50 años. Según un estudio de la Comisión
Económica para América Latina (CEPAL), la proporción de personas mayores de 60
años se incrementará en las próximas décadas en un 3,5%, cifra que rebasa la
tasa de crecimiento de la población total. (Villegas, 2002).
La preocupación por
los ancianos y su estilo de vida en la sociedad cambiante de hoy en día, es
tema de interés de instituciones gubernamentales, universidades, y de grupos
privados de distintas orientaciones. Al respecto se considera importante
resaltar algunas situaciones que se encuentran caracterizando al fenómeno de la
ancianidad en diferentes latitudes:
§ La necesidad de
prever el apoyo en la ancianidad es un factor que está influyendo en la
formación de las familias. En esto intervienen los valores culturales, tenencia
de bienes y herencia, así como también las diferentes expectativas hacia los
hijos varones y las hijas hembras, la jubilación y el apoyo social. En la
actualidad, sin embargo, los padres reconocen que tener grandes cantidades de
hijos no devuelve la inversión y el costo que éstos implican, con respecto a
una posterior manutención de sus padres.
§ Aumentan las
familias de 3 generaciones. A medida que va aumentando la longevidad y se va
aplazando la edad de tener hijos, las familias pueden tener a su cargo a
progenitores ancianos y a niños de corta edad. Hay menos hermanos y hermanas y
la familia tiende a hacerse pequeña. A la vez aumentan los divorcios y aparecen
nuevas familias y otras redes de parientes, por lo cual comienzan a tener más
importancia los vínculos basados en el afecto o los que se establecen de forma
voluntaria. (Orosa, 2001).
§ Y en los lugares
donde ha aumentado considerablemente la esperanza de vida y disminuido la tasa
de fecundidad, son mayores los cambios del curso típico de la vida. Tal es el
caso de Japón, por ejemplo, donde las personas viven más tiempo antes de tener
hijos y después de ser jubilados.
El proceso de
envejecimiento poblacional requiere una nueva posición psicológica, sociológica
y actitudinal ante la vida. Los cambios irreversibles que sufre el organismo
exigen comprender y aceptar los nuevos límites de las posibilidades físicas y
dedicar el tiempo necesario a cuidar de una salud que antes era frecuente
relegar con la intención de lograr una mejor calidad de vida.
PRINCIPALES
CARACTERÍSTICAS PSICOLÓGICAS DE LA TERCERA EDAD.
Sobre la vejez se han
elaborado muchas leyendas, así como una diversidad de interesantes aforismos
que tratan de definirla. Uno de los líderes del protestantismo, Martín Lutero,
senten¬ció sobriamente: “La vejez es la muerte en vida”, lo que estaba en el
espíritu de la época y los contemporáneos compartían. Hoy son más populares los
axiomas al estilo del ligero humor francés, como el que pertenece a André
Maurois: “La ve¬jez es una mala costumbre para la que las personas activas no
tienen tiempo” (Whitman, 1976). Entre estos dos puntos de vista extremos se
ubican múltiples opiniones, cada una de las cuales tiene su aspecto razonable,
su justificación empírica, su sentido e importancia.
Desde un punto de
vista psicológico, en la Tercera Edad se aprecian cambios en las distintas
esferas de la personalidad del anciano que la distinguen de otras etapas del
desarrollo.
Sin la intención de
abarcar todas las aristas de esta etapa de la vida, ni pretender agotar las
posibles condiciones que la caracterizan, señalemos algunos elementos que
permitan comprender cuáles recursos se demandan en función de los retos a
enfrentar en este período.
DECLIVE Y
DETERIORO COGNITIVO: INFLUENCIAS EN EL PROCESO DE ENVEJECIMIENTO.
Al estudiar el
clásico patrón de envejecimiento se hace referencia a un declive del
funcionamiento cognitivo. Aunque la variabilidad interindividual es notable, existen
sujetos que no sufren ningún declive, mientras que otros muestran más amplios y
extensos decrementos en su funcionamiento intelectual.
La hipótesis central
de Cattell y Horn (1982) es que en el proceso de envejecimiento la inteligencia
cristalizada, ligada a la acumulación de experiencias, puede notar un
incremento o por lo menos se mantendría, mientras que la inteligencia fluida
tiende a declinar con el paso de los años, ya que la misma depende de la
capacidad de evolucionar y adaptarse rápida y eficazmente a las situaciones
nuevas. De este modo se explica que la memoria (por lo menos la de largo plazo)
y el conocimiento experiencial se convierten en los principales recursos
cognitivos a que apelan las personas a medida que envejecen para afrontar tareas
que involucren sus capacidades intelectuales.
Diferentes teorías
apuntan, que aunque el envejecimiento equivale a deterioro, daño o enfermedad,
es posible diferenciar el envejecimiento “normal” o “sano” del envejecimiento
“patológico” o envejecimiento con “deterioro o enfermedad”. Si bien es cierto
que el envejecimiento se refiere a diversos cambios que se dan en el transcurso
de la vida individual y que implican declives estructurales y funcionales, o
sea, disminución de la vitalidad; ello no significa que tal disminución o
declive equivalga forzosamente a alteraciones patológicas.
Es importante saber
que envejecer no equivale a enfermar, ni la vejez significa enfermedad. El
envejecimiento implica una constante dialéctica de ganancias y pérdidas durante
toda la vida.
MUNDO
AFECTIVO-EMOCIONAL: PÉRDIDAS Y GANANCIAS.
La vida afectiva del
adulto mayor se caracteriza por un aumento de las pérdidas, entendiéndolas como
vivencias por las cuales siente que ya no tiene algo que es significativo para
él a nivel real y subjetivo. Como parte de las mismas se refieren la pérdida de
la autonomía (valerse por sí mismo, hacer lo que desea) y las pérdidas
referidas a la jubilación, muerte del cónyuge y de seres queridos, las cuales
afectan a todos los ámbitos e implican para el adulto mayor un proceso de
elaboración de duelo.
Otro aspecto de suma
preocupación en esta etapa de la vida y que constituye a su vez, una de sus
principales neoformaciones, es la representación de la muerte como evento
próximo, la cual también debe tenerse en cuenta desde una concepción del
desarrollo humano, ya que el adulto mayor comienza a pensar en la inminencia de
su propia muerte, siendo presa de un miedo terrible con tan sólo pensar en lo
“poco que le queda de vida” y no en lo que puede hacer día a día para vivir de
una mejor manera.
Algunos estudiosos
perciben la muerte como la última crisis de la vida, ya que la misma es el
punto culminante de la vida; todo se encamina hacia ella. Se podría ver la vida
entera como una preparación para la muerte; aunque cuando la enfrentamos
estemos ante la verdadera prueba de madurez de lo aprendido a lo largo de los
años, lo cual puede ser puesto a prueba en ese momento decisivo en el que
hacemos frente a duelos y rupturas difíciles, pero irremediables. Así este
temor o miedo a la muerte será una especie de miedo al examen de la vida, al
mayor de los exámenes, aunque también se este ante el mayor de los miedos el
cual se va acrecentando en la medida en que transcurren los años.
Con respecto a la
soledad, que según muchos autores constituye otro de los temores en esta etapa
del desarrollo, se refiere que la percepción de la misma depende de la red de
apoyo social de que disponga el individuo y de los propios recursos
psicológicos que posea. Entonces no debe ser asociada como un patrimonio de la
vejez, sino que esto está en dependencia de la red de influencias sociales y
culturales que entretejen la vida del adulto mayor.
Estas aristas de
interés que muestran respecto al tema de la muerte y el sentimiento de soledad,
reflejan dos de las principales preocupaciones que más aquejan al anciano en su
cotidiano de vida, a las cuales se unen otras como los conflictos
intergeneracionales, la jubilación, los problemas de salud y el empleo del
tiempo libre.
De los llamados
“conflictos intergeneracionales” se tiene mucha tela por donde cortar,
fundamentalmente porque los adultos mayores se ven expuestos a enfrentar la
experiencia de los años vividos con diversos criterios y opiniones de la
adolescencia y juventud. Por ello suelen verse inmersos en diversos conflictos matizados
por barreras comunicativas, prejuicios y estereotipos que desencadenan
sentimientos de malestar y sufrimiento en todas direcciones; la convivencia se
ve afectada en muchos casos por la falta de comunicación, de tolerancia y
benevolencia.
La jubilación también
constituye un tema preocupante en este período etáreo, ya que muchas mujeres y
hombres llegan a la edad establecida para la jubilación sintiéndose aún a
plenitud para seguir desarrollándose dentro del ámbito laboral. Frecuentemente
se encuentran personas de edad avanzada que están plenamente en forma,
totalmente vigentes, lúcidas, llenas de iniciativas y planes de trabajo. A
pesar de que ellos se aprecian bien a sí mismos, la sociedad les dice por medio
de la jubilación o de otras señales, que ya deben dejar el puesto a gente más
joven y nueva, y que deben retirarse. Este sentimiento en la mayoría de las
ocasiones le trasfiere al anciano una gran frustración que muchas veces suele
acompañarlo en su diario vivir, entorpeciendo su eficiente desenvolvimiento
posterior a la jubilación.
Cuando la persona
está preparada para decir adiós a su vida laboral activa y dar la bienvenida a
las nuevas situaciones, la afectación es menor, encuentra su nuevo espacio en
el hogar y la comunidad y conserva su autonomía y autoestima.
Los problemas de
salud también configuran el marco de las principales preocupaciones de la
adultez mayor, entrelazadas con el cierto deterioro físico al que se ven
expuestos los ancianos y a través del cual vislumbran los últimos albores de su
vida. La enfermedad es percibida como un freno, el dolor que puede ponerle fin
a la existencia, de ahí que se preocupen constantemente por sus dolencias y
malestares, abogando por la salud de otros tiempos
Algunos adultos
mayores suelen ponerle trabas a la intención de mantener un estilo de vida
activo y productivo, propiciando el deterioro de sus capacidades físicas e
intelectuales, por lo cual limitan el acceso al disfrute y recreación de su
tiempo libre. En la Tercera Edad, la actividad física-intelectual y el interés
por el entorno canalizadas a través de actividades de recreación y ocio
productivo, favorecen el bienestar y la calidad de vida de los individuos.
3. LA PERSONALIDAD
DEL ADULTO MAYOR.
El estudio de la
personalidad del anciano se ha concentrado tradicionalmente, en la cuestión
acerca de ¿cómo afecta el envejecimiento a la personalidad? o ¿cómo afecta la
personalidad al envejecimiento? Para dar solución a estas preguntas se han
propuesto diversas teorías y conceptos que revelan el comportamiento del individuo.
La literatura refiere
algunas tipologías de personalidad para el anciano. Un ejemplo de ellas es la
ofrecida por el Kansas City Study of Adult Life (1998) en los Estados Unidos
que las agrupa en 4 tipos fundamentales de personalidad:
• las “personalidades
integradas” donde se encuentran los reorganizadores.
• las “personalidades
acorazadas-defensivas” donde se encuentran los de pautas resistentes.
• las “personalidades
pasivo-dependiente” donde se encuentran los buscadores de socorro y los
apáticos.
• y las
“personalidades desintegradas”
Esta tipología,
basada en la estructura personológica, enmascara en alguna medida una visión
involutiva de la ancianidad, por el sesgo negativo que le confiere a los
comportamientos de cada uno de los tipos que propone, obviando lo nuevo que sin
lugar a dudas ocurre durante esta edad (Orosa, 2001).
El proceso de
envejecimiento y el cúmulo de pérdidas psicosociales que acontecen durante la
vejez parecen determinar en algunos ancianos cierta incapacidad para percibir
sus capacidades y habilidades y, desde luego, los aspectos positivos del
entorno que les rodea y de la vida en general.
Las personas mayores
necesitan estar preparadas para defender la calidad de sus vidas y para ello
han de saber enfrentar nuevas y diversas situaciones. En esta tarea no sólo los
rasgos personológicos juegan un papel primordial, sino también las capacidades
emocionales del anciano que le permitan resolver diversos problemas cotidianos
más allá de aquellos identificados por la lógica y la razón. Al respecto, la
inteligencia emocional emerge como requisito esencial.
LA INTELIGENCIA
EMOCIONAL EN EL ADULTO MAYOR.
En las investigaciones sobre los cambios en la
emoción y motivación de las personas con el paso de los años, se ha analizado
la intensidad de la experiencia emocional con resultados contradictorios.
Existen investigaciones que apoyan la idea de una menor activación del sistema
nervioso aunque algunos estudios argumentan lo contrario debido a un decremento
en la eficiencia de los mecanismos homeostáticos de restauración del equilibrio
(Fernández-Ballesteros, 1999). Por lo que se refiere a la capacidad de expresar
las emociones, las personas mayores no diferirían de las más jóvenes.
El desarrollo
emocional del adulto mayor adquiere una significación especial que se enraiza
en un manejo factible de las emociones y en la capacidad de expresarlas en toda
su magnitud de una forma muy particular e irrepetible, de ahí que resulte muy
importante comprender cómo se manifiesta y expresa la inteligencia emocional en
esta etapa de la vida.
Apreciando de cerca
las pérdidas que va vivenciando el anciano, además de las preocupaciones con
las que convive en su cotidiano de vida, se hace necesario disponer de un
conjunto de capacidades en la esfera emocional, en aras de enfrentar
satisfactoriamente un arsenal de situaciones personales y sociales. Y entonces
la educación emocional se impone.
Para llevar a cabo
esta tarea satisfactoriamente es necesario esclarecer en qué consistiría el
éxito de la misma y hacer eco en las visiones más saludables, lo que se propone
es que la meta en esta etapa de la vida sea lograr que sea como otras, una
etapa de crecimiento personal.
Un recorrido por las
distintas dimensiones de la inteligencia emocional sugiere un conjunto de capacidades
emocionales que resultan pertinentes y necesarias para una ancianidad que le
apueste a la felicidad.

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